Historia completa : Roxana Intentó Intimidar a la Nueva Oficial… Hasta Que Elena Pronunció Su Nombre Sin Que Nadie Se Lo Dijera

El portón de hierro se cerró detrás de Elena con un golpe seco.
Era su primer día en el módulo femenino de la prisión de Alcalá-Meco, y las internas la observaban desde las mesas del patio con una mezcla de curiosidad y cálculo.
Una mujer alta, tatuada en los brazos, se levantó lentamente.
—Así que tú eres la nueva.
Elena no respondió.
La mujer caminó hacia ella acompañada por otras dos internas.
—Aquí las reglas no las ponen los uniformes.
Elena sostuvo su mirada.
Elena llevaba uniforme nuevo, el cabello recogido y una expresión tranquila.
—Vuelve a tu mesa.
La interna soltó una carcajada.
—¿Eso es una orden?
—Sí.
—Entonces empiezas mal.
Se acercó hasta quedar a pocos centímetros.
—Las nuevas siempre creen que pueden cambiar este lugar.
Elena bajó la voz.
—Tú también pensabas eso cuando llegaste, Roxana.
La mujer dejó de sonreír.
Todo el patio quedó inmóvil.
—¿Cómo me has llamado?
—Roxana.
—Nadie te ha dicho mi nombre.
Elena no parpadeó.
—No hacía falta.
Roxana retrocedió un paso.
Por primera vez, parecía insegura.
—¿Quién eres?
—Oficial Elena Serrano.
—Eso ya lo sé.
—Entonces vuelve a tu mesa.
Roxana obedeció.
Aquella noche, nadie volvió a reírse allí.
Pero aquella tarde empezó a hacer preguntas.
Quería saber de dónde venía Elena, por qué había solicitado aquel módulo y por qué conocía su nombre antes de revisar ningún expediente.
Elena había trabajado supuestamente en una prisión de Valencia.
Su traslado aparecía firmado correctamente.
Sin embargo, Roxana sabía reconocer a alguien que ocultaba algo.
A medianoche, Roxana llamó desde su celda.
—Oficial.
Elena se acercó.
—¿Qué quieres?
—Recordarte que aquí ocurren accidentes.
—Como el de Marta Jiménez.
Roxana palideció.
—No conozco a ninguna Marta.
—Claro que sí.
—Estás loca.
—Marta estuvo aquí hace nueve años.
Roxana apretó la mandíbula.
—Yo llegué hace seis.
—Con ese nombre, sí.
Elena sacó una fotografía del bolsillo.
Mostraba a Roxana saliendo de un juzgado de Sevilla.
Debajo aparecía otro nombre.
Verónica Salas.
—¿De dónde has sacado eso?
—Marta era mi hermana.
—No sé qué te han contado.
—Que murió después de denunciar una red de extorsión dentro de esta prisión.
—Fue un suicidio.
—Eso dijo el informe.
—Entonces deja a los muertos tranquilos.
—No puedo.
—Viniste por venganza.
—No.
—Entonces eres más tonta de lo que pensaba.
—Vine por una confesión.
—Nunca conseguirás una.
—Ya veremos.
A la mañana siguiente, apareció una nueva interna en el módulo.
Se llamaba Isabel Duarte.
Su expresión se endureció. Elena lo vio.
Durante el desayuno, Isabel dejó caer una bandeja.
—Perdón.
Roxana la agarró de la muñeca.
—Ten cuidado.
Isabel sonrió.
—Sigues igual, Verónica.
Roxana la soltó.
Elena se acercó.
—¿Algún problema?
—Ninguno.
Aquella noche, Roxana entró en la lavandería donde Isabel trabajaba.

Elena observaba desde una cámara oculta.
—¿Qué haces aquí? —preguntó Roxana.
—Esperaba que vinieras.
—¿Quién te ha mandado?
—Nadie.
—No mientas.
Isabel levantó la vista.
—Marta tampoco mentía.
Roxana la empujó contra una mesa.
—No vuelvas a mencionar ese nombre.
—¿Por qué? ¿Porque todavía recuerdas lo que hiciste?
—Marta se buscó lo que le pasó.
Elena, detrás de la puerta, dejó de moverse.
Isabel continuó.
—¿La mataste tú?
Roxana sonrió.
—Yo no tuve que tocarla.
—Entonces ¿quién?
—El director adjunto.
Marta había descubierto que funcionarios corruptos cobraban dinero para introducir teléfonos, drogas y documentos falsos.
Intentó denunciarlo.
El director adjunto, César Valdés, ordenó silenciarla.
Roxana, entonces conocida como Verónica, era una informante utilizada por César.
—Yo solo le dije dónde estaría Marta aquella noche.
—Y después desapareciste.
—César consiguió nuevos documentos para mí.
—¿Por qué terminaste presa otra vez?
Roxana rio.
—Porque el idiota dejó de protegerme.
La puerta se abrió.
Elena entró.
Roxana quedó paralizada.
—Gracias.
—¿Por qué?
Elena mostró un pequeño micrófono.
—Por terminar la historia.
Roxana atacó a Isabel.
Elena la redujo.
Dos oficiales entraron.
Roxana gritó.
—¡Esto ha sido una trampa!
—Sí.
Entonces miró a Isabel.
—¿Quién demonios eres?
Isabel sacó una placa.
—Unidad de Asuntos Internos.
Roxana dejó de luchar.
—No tenéis a César.
Elena respondió:
—Sí lo tenemos.
—Imposible.
—Lo detuvieron hace veinte minutos.
Elena explicó que César llevaba semanas vigilado.
Su traslado a Alcalá-Meco no había sido casual.
Tampoco era realmente una oficial recién llegada.
Era inspectora de Policía Judicial, infiltrada con autorización del juzgado.
—Entonces todo esto…
—Empezó mucho antes de que me vieras cruzar aquel patio.
Pero Elena todavía no había revelado lo más importante.
—Marta no era únicamente mi hermana.
Roxana levantó la vista.
—¿Qué?
Elena sacó otra fotografía.
Mostraba a Marta con uniforme penitenciario.
No como interna.
Como funcionaria.
—Eso es falso.
—Marta nunca estuvo presa.
Elena explicó que su hermana había trabajado infiltrada dentro de la prisión nueve años atrás.
La versión oficial de que era una interna conflictiva había sido fabricada después de su muerte para desacreditarla.
César falsificó expedientes y convirtió a una agente asesinada en una reclusa suicida.
—Entonces yo…
—Ayudaste a matar a una policía.
Horas después, los investigadores registraron un antiguo archivo cerrado del centro.
Encontraron informes manipulados, pagos y una grabación de Marta escondida detrás de un falso panel.
En ella, Marta nombraba a César y describía a Verónica Salas.
Roxana.
La prueba que había permanecido perdida durante nueve años.
César fue acusado de homicidio, corrupción, falsificación y organización criminal.
Roxana aceptó declarar a cambio de una reducción de condena.
Semanas después, Elena regresó al patio.
Roxana la esperaba antes de ser trasladada.
—¿Por qué dijiste mi nombre aquel primer día?
Elena sostuvo su mirada.
—Porque lo había leído cientos de veces en los cuadernos de Marta.
—Pensé que querías asustarme.
—No.
Elena se acercó.
—Quería que supieras que alguien todavía recordaba quién eras.
Roxana no respondió.
Aquella mañana comprendió que la calma de Elena nunca había sido ingenuidad.
Era paciencia acumulada durante nueve años.
Y cuando pronunció su nombre sin que nadie se lo dijera, Roxana creyó que estaba frente a una oficial extrañamente informada.
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En realidad, estaba frente a la hermana de la mujer que había ayudado a silenciar.
Y sin saberlo, acababa de abrir la puerta de su propia confesión.