Historia completa : “La Encontré”… Daniel Tomó la Tarjeta Sin Imaginar Que Era un Señuelo

Daniel contuvo la respiración cuando sus dedos encontraron el pequeño tarjetero negro.
A pocos centímetros, Alejandro Vega dormía de lado bajo las sábanas azul grisáceas de su dormitorio.
O al menos eso parecía.
Daniel miró hacia la puerta.
Victoria, su novia, permanecía allí con los brazos cruzados, envuelta en una bata color burdeos.
—¿Está dormido? —susurró.
Daniel observó el rostro de su padre.
Alejandro no se movió.
—Sí.
Volvió a registrar el maletín de cuero abierto junto a la cama.
Pero aquella noche el maletín estaba allí.
Abierto.
Demasiado fácil.
Daniel apartó unos documentos y encontró una tarjeta bancaria oscura.
Sonrió.
—La encontré.
Victoria se inclinó hacia él.
—Entonces tómala y vámonos.
Daniel guardó la tarjeta en el bolsillo.
No vio que, detrás de él, uno de los ojos de Alejandro se abría lentamente.
El anciano no movió la cabeza.
Solo observó.
Daniel cerró el maletín y abandonó el dormitorio con Victoria.
Después se sentó.
La expresión de su rostro no era de triunfo.
Era dolor.
Tomó el teléfono y marcó un número.
—Ya lo hizo.
Escuchó la respuesta.
—Sí. Tomó la tarjeta.
Otra pausa.
—Bloquéala definitivamente.
Alejandro miró hacia la puerta.
—Y llama a mi abogado.
Su voz se quebró ligeramente.
—Necesitaba saber si era él.
Colgó.
Alejandro sospechaba de alguien dentro de casa.
Pero se negaba a creer que fuera Daniel.
Por eso había preparado una prueba.
La tarjeta no tenía valor.
Estaba anulada.
El maletín había sido colocado junto a la cama para responder una sola pregunta.
¿La tomaría Daniel si creyera que nadie estaba mirando?
La respuesta acababa de salir por aquella puerta.
A la mañana siguiente, Daniel entró en la cocina como si nada hubiera ocurrido.
Alejandro desayunaba leyendo el periódico.
—Buenos días, papá.
—Buenos días.
Daniel abrió la nevera.
—¿Has dormido bien?
Alejandro levantó los ojos.
—Mejor de lo que esperaba.
Victoria apareció después.
Besó a Daniel y saludó a Alejandro.
—¿Algún plan para hoy?
—Uno importante —respondió Alejandro.
Daniel se tensó.
Sonó el timbre.
Un hombre de traje entró acompañado por una mujer.
Daniel reconoció al primero.
Era Javier Molina, abogado de su padre.
—¿Qué hace él aquí?
Alejandro dobló el periódico.
—Vamos al salón.
—Tengo una reunión.
—Ya no.
Daniel sonrió nervioso.
—¿Qué significa eso?
Alejandro colocó sobre la mesa una copia de los movimientos de una cuenta.
Había varios intentos de compra realizados aquella madrugada con la tarjeta.
Todos habían sido rechazados.
Victoria palideció.
Daniel miró a su padre.
—No sé qué es esto.
—Claro que sí.
—Alguien ha usado tu tarjeta.
—Mi tarjeta real está aquí.
Alejandro sacó otra del bolsillo.
Daniel dejó de respirar.
—La que cogiste era un señuelo.
Victoria retrocedió.
—Daniel, vámonos.
La mujer que acompañaba al abogado cerró la puerta.
—Todavía no.
Era responsable de seguridad de la familia.
Alejandro miró a su hijo.
—Quiero darte una oportunidad para decir la verdad.
Daniel golpeó la mesa.

—¿Me tendiste una trampa?
—Te dejé delante una tarjeta que no era tuya. Tú decidiste cogerla.
—Me estabas vigilando.
—Estaba intentando descubrir quién llevaba semanas robándome.
Daniel miró a Victoria.
Ella apartó los ojos.
Alejandro lo vio.
—¿Fue idea suya?
—No metas a Victoria.
—Entonces dime por qué hay grabaciones de ella entrando en mi despacho tres noches antes de que desapareciera mi reloj.
Victoria se quedó inmóvil.
—Eso es mentira.
La responsable de seguridad abrió una tableta.
Las imágenes mostraban a Victoria entrando.
Después aparecía Daniel.
Salían juntos seis minutos más tarde.
Daniel cerró los ojos.
—Necesitábamos dinero.
Alejandro no respondió.
—Yo tenía deudas.
—¿Cuánto?
—Ciento veinte mil euros.
Alejandro se quedó helado.
—¿En qué?
Daniel guardó silencio.
Victoria respondió:
—Una inversión.
Alejandro la miró.
—¿Qué inversión?
Daniel gritó:
—¡No importa!
—Importa cuando robas a tu padre para pagarla.
Javier dejó otra carpeta sobre la mesa.
—Hemos revisado las transferencias.
Daniel palideció.
—¿Qué transferencias?
—Las que hiciste a una sociedad llamada Orbe Capital.
Victoria dio otro paso atrás.
Alejandro observó su reacción.
—¿La conoces?
—No.
El abogado continuó.
—La empresa pertenece indirectamente a Marcos Morales.
Victoria se quedó sin color.
Era su hermano.
Daniel la miró.
—Dijiste que era un fondo extranjero.
—Daniel...
—Me dijiste que duplicaríamos el dinero.
El verdadero engaño apareció entonces.
Victoria y Marcos habían convencido a Daniel para invertir primero sus ahorros y después dinero prestado.
Cuando perdió todo, le aseguraron que necesitaba aportar más para recuperar la inversión.
Así comenzaron los robos.
—¿Me utilizaste? —preguntó Daniel.
Victoria empezó a llorar.
—Al principio no.
—¿Al principio?
Alejandro permaneció en silencio.
La investigación privada había descubierto algo peor.
Orbe Capital no realizaba inversiones.
Transfería el dinero a cuentas controladas por Marcos y Victoria.
Daniel se volvió hacia su novia.
—Todo este tiempo...
—Yo quería devolvértelo.
—¿Con el dinero que me convencías de robar?
Victoria no pudo responder.
Alejandro llamó a la policía.
Daniel lo miró horrorizado.
—¿Vas a denunciarme?
Alejandro tardó varios segundos.
—Voy a decir la verdad.
—Soy tu hijo.
—Precisamente por eso esperé tanto.
Aquella frase destruyó a Daniel.
Horas después, Victoria fue detenida mientras su hermano era localizado en Valencia.
Daniel también tuvo que declarar.
Alejandro entregó las pruebas, pero explicó que la tarjeta era inútil y que los robos anteriores debían investigarse.
Meses después, Daniel aceptó su responsabilidad judicial y comenzó a devolver el dinero.
Su relación con Alejandro quedó rota.
No para siempre.
Pero tampoco podía repararse con una disculpa.
Una tarde, Daniel volvió a casa.
El maletín negro seguía junto al escritorio.
—¿Todavía lo usas?
—Sí.
Daniel lo miró.
—Aquella noche pensé que había encontrado una oportunidad.
Alejandro cerró el maletín.
—Yo esperaba que no la aprovecharas.
Daniel bajó la cabeza.
Eso era lo que más dolía.
La tarjeta nunca había sido el tesoro.
Era una pregunta.
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Y cuando Daniel dijo “La encontré”, creyendo que había descubierto lo que buscaba, no comprendió que también acababa de darle a su padre exactamente lo que Alejandro llevaba semanas buscando.
La verdad.