Historia completa : El hombre tatuado acercó su rostro al de Elena y exigió la verdad… pero su respuesta hizo que todos quedaran en silencio

PARTE 1. «MÍRAME»
—Mírame.
La voz de Dante sonó baja, casi tranquila.
Pero aquellas dos palabras hicieron que Elena dejara de respirar durante un instante.
Seguía de rodillas sobre el frío suelo de mármol.
Las lágrimas habían recorrido sus mejillas durante tanto tiempo que ya ni siquiera sentía cuándo caían.
Frente a ella estaba aquel hombre.
Alto.
Musculoso.
Con tatuajes oscuros cubriendo su cuello y sus brazos.
Dante no apartaba los ojos de los suyos.
—Quiero la verdad.
Elena tragó saliva.
—Ya se la he dicho.
—No.
Dante se inclinó un poco más.
—Me has contado una parte.
Detrás de Elena, Marcos levantó una mano.
—Dante, por favor…
El hombre tatuado ni siquiera lo miró.
—No he terminado.
Marcos apretó los labios.
Victoria seguía junto a Elena.
Tenía los ojos llenos de lágrimas y una mano apoyada sobre el hombro de la joven.
Elena cerró los ojos.
—No sé qué espera que diga.
Dante respondió:
—Lo que ocurrió antes de entrar en esta habitación.
Elena negó.
—No puedo.
—¿No puedes o no quieres?
Ella abrió los ojos.
—No puedo.
Aquella respuesta cambió ligeramente la expresión de Dante.
No parecía enfadado.
Parecía estar intentando comprender algo.
Sobre una mesa cercana permanecía abierto el maletín negro.
Los fajos de billetes estaban perfectamente ordenados.
Nadie había tocado el dinero.
Nadie parecía dispuesto a hacerlo.
Dante finalmente se apartó unos centímetros.
—¿Quién te entregó el dinero?
Elena miró el maletín.
—No lo sé.
Marcos intervino:
—Eso no es cierto.
Elena giró la cabeza.
—¿Qué?
El anciano bajó la mano.
—Tú sabes quién lo dejó.
Elena lo miró con incredulidad.
—Me dijeron que no preguntara.
Dante frunció el ceño.
—¿Quién te lo dijo?
Silencio.
Elena empezó a llorar otra vez.
—Una persona que dijo que todo estaría bien.
—¿Y le creíste?
—Sí.
Dante permaneció inmóvil.
—¿Por qué?
Elena respondió con voz temblorosa:
—Porque no tenía otra opción.
La frase quedó suspendida en la habitación.
Victoria cerró los ojos.
Marcos miró hacia el suelo.
Dante observó a los tres.
—¿Ninguna otra opción?
Elena asintió.
—Ninguna.
Dante miró nuevamente el maletín.
Después volvió a mirar a Elena.
—Entonces alguien sabía que vendrías.
Ella no respondió.
—Alguien sabía que traerías ese dinero.
Silencio.
—Y alguien sabía que estarías aquí conmigo.
Elena bajó la mirada.
Dante se quedó pensativo.
Entonces vio algo.
En la muñeca de Elena había una pequeña marca roja.
No parecía una herida.
Parecía la marca de una pulsera que había llevado durante mucho tiempo.
Dante señaló su muñeca.
—¿Qué llevabas ahí?
Elena escondió inmediatamente la mano.
—Nada.
—No te he preguntado eso.
—No importa.
Dante se incorporó lentamente.
—A partir de ahora, todo importa.
Y por primera vez aquella noche, Elena comprendió que Dante tampoco sabía toda la verdad.
Quizá estaba tan atrapado en aquel misterio como ella.
PARTE 2. LA CAJA VACÍA
Dante hizo una señal.
Uno de los hombres de traje cerró lentamente el maletín.
El sonido metálico del cierre resonó por el apartamento.
—Que nadie toque ese dinero —ordenó Dante.
El guardia asintió.
Marcos se acercó.
—Dante, tenemos que hablar en privado.
—No.
—Es importante.
—Lo sé.
—Entonces escucha.
Dante lo miró.
—Estoy escuchando.
Marcos respiró profundamente.
—Ella no vino aquí para hacerte daño.
Elena levantó la cabeza.
Dante respondió:
—Eso todavía no lo sabemos.
—Yo sí.
—¿Cómo?
Marcos no respondió.
Victoria intervino:
—Porque nosotros fuimos quienes la trajimos.
Dante la miró.
—¿Vosotros?
Victoria asintió.
—Sí.
Elena parecía sorprendida.
—¿Ustedes?
Victoria se acercó.
—Nosotros solo seguimos instrucciones.
Dante preguntó:
—¿De quién?
Victoria guardó silencio.
Dante golpeó suavemente la mesa con los dedos.
—Esta noche todos parecen saber algo menos yo.
Marcos respondió:
—No eres el único.
Dante lo observó.
—¿Qué significa eso?
Marcos sacó un pequeño papel de su bolsillo.
—Esto llegó esta mañana.
Se lo entregó.
Dante lo abrió.
Había una dirección.
Nada más.
—¿Dónde es?
—Un antiguo edificio comercial.
—¿Quién te lo dio?
—Lo dejaron en nuestra puerta.
Dante volvió a mirar a Elena.
—¿Conocías esa dirección?
Elena negó.
—No.
—¿Segura?
—Sí.
Dante dejó el papel sobre la mesa.
—Entonces tenemos un problema.
Victoria preguntó:
—¿Por qué?
Dante señaló el papel.
—Porque esta misma dirección estaba escrita en un documento que encontré hace tres años.
Elena se quedó inmóvil.
—¿Qué documento?
Dante no respondió.
—Dante —dijo Marcos—, quizá ha llegado el momento.
—No.
—No puedes seguir ocultándolo.
Dante levantó la mirada.
—Tú no sabes qué estoy intentando proteger.
Marcos respondió:
—Precisamente por eso deberías contarlo.
Elena comenzó a ponerse de pie.
Sus piernas temblaban.
Victoria intentó ayudarla.
Dante levantó una mano.
—Déjala.
Elena consiguió levantarse.
Por primera vez estaban todos a la misma altura.
Dante miró a Elena.
—¿Puedes caminar?
Ella asintió.
—Sí.
—Entonces ven.
Dante caminó hacia una puerta lateral.
Elena lo siguió.
Marcos y Victoria permanecieron detrás.
La puerta conducía a una pequeña habitación privada.
Dante encendió una lámpara.
Sobre una mesa había una caja de madera.
—¿Qué es eso? —preguntó Elena.
—La razón por la que te pedí que vinieras.
Elena lo miró.
—Yo no sabía que iba a venir aquí.
—Lo sé.
Dante abrió la caja.
Estaba vacía.
Elena frunció el ceño.
—¿Qué había dentro?
Dante respondió:
—No lo sé.
—¿Cómo que no?
—Cuando la encontré, ya estaba vacía.
—Entonces ¿por qué es importante?
Dante sacó un pequeño sobre pegado debajo de la tapa.
—Porque alguien dejó esto.
Elena tomó el sobre.
Su nombre estaba escrito en él.
ELENA.
Se quedó paralizada.
—¿Cómo sabían mi nombre?
Dante respondió:
—Esa es exactamente la pregunta que llevo años intentando responder.
Elena abrió el sobre.
Dentro había una fotografía.
La miró.
Era una imagen de ella.
Pero no de aquella noche.
Era mucho más antigua.
Elena tenía apenas unos diez años.
Su rostro se puso blanco.
—¿Dónde consiguieron esto?
Dante respondió:
—No lo sé.
—Yo tampoco.
Entonces Elena dio vuelta a la fotografía.
Había una frase escrita detrás.
«Cuando ella llegue, no le preguntes qué recuerda. Pregúntale qué olvidó.»
Elena comenzó a temblar.
—No entiendo.
Dante la miró.
—Yo tampoco.
Pero en ese instante, Elena recordó algo.
Una habitación.
Una puerta.
Una voz.
Y una pequeña caja.
El recuerdo desapareció tan rápido como había llegado.
—Yo…
Dante se acercó.
—¿Qué?
Elena levantó la cabeza.
—Creo que conozco ese lugar.
PARTE 3. LO QUE ELENA HABÍA OLVIDADO
Elena pasó la noche sin dormir.
La imagen de aquella fotografía no desaparecía de su mente.
A la mañana siguiente, Dante colocó la fotografía sobre una mesa.
Marcos y Victoria estaban presentes.
Nadie hablaba.
—Dijiste que reconocías el lugar —dijo Dante.
Elena asintió.
—Creo que sí.
—¿Dónde?
Ella cerró los ojos.
—No estoy segura.
—Inténtalo.
Elena respiró profundamente.
—Era una casa.
—¿Tu casa?
—No.
—¿De quién?
—No lo sé.
Dante esperó.
—Había una escalera.
Pausa.
—Una ventana muy grande.
—¿Algo más?
Elena apretó los dedos.
—Una caja.
Marcos intercambió una mirada con Victoria.
Dante lo vio.
—¿Qué?
Marcos respondió:
—Nada.
Dante se volvió hacia él.
—No vuelvas a decirme eso.
Marcos bajó la mirada.
—Esa descripción coincide con un lugar.
Elena preguntó:
—¿Cuál?
Marcos tardó en responder.
—Una propiedad antigua.
—¿Dónde?
—A las afueras.
Dante se levantó.
—Vamos.
Victoria lo detuvo.
—No.
Dante la miró.
—¿Por qué?
—Porque si ella realmente estuvo allí, quizá no sea seguro regresar.
Elena preguntó:
—¿Por qué?
Victoria no respondió.
Dante insistió:
—Habla.
La mujer cerró los ojos.
—Porque allí ocurrió algo que nadie ha conseguido explicar.
Elena sintió un escalofrío.
—¿Qué ocurrió?
Victoria la miró.
—Desapareció una caja.
Elena frunció el ceño.
—¿Una caja?
—Sí.
—¿La misma que recuerdas?
—No lo sabemos.
Dante preguntó:
—¿Quién estaba allí?
Victoria guardó silencio.
Marcos respondió:
—Varias personas.
—¿Quiénes?
—No importa.
Dante golpeó la mesa.
—¡Sí importa!
Marcos se quedó callado.
Elena observaba a ambos.
Había algo que no querían decir.
Entonces vio un pequeño detalle.
En la mano de Victoria había un anillo.
Elena se quedó mirándolo.
—Ese anillo…
Victoria escondió la mano.
—¿Qué pasa?
—Lo he visto antes.
Victoria palideció.
—No.
—Sí.
—No puedes haberlo visto.
Elena cerró los ojos.
Y nuevamente apareció aquella imagen.
Una niña.
Una mujer.
Una habitación.
Una caja.
Y el mismo anillo.
—Estaba en la mano de una mujer.
Victoria comenzó a llorar.
Dante la miró.
—¿Eras tú?
Victoria no respondió.
Marcos intervino:
—Victoria no quería que Elena recordara.
Elena dio un paso atrás.
—¿Recordar qué?
Victoria comenzó a llorar más fuerte.
—Porque tu madre me lo pidió.
Silencio.
Elena sintió que el mundo se detenía.
—¿Conocías a mi madre?
Victoria asintió.
—Sí.
—¿Quién era ella?
—Una mujer que intentó protegerte.
Elena comenzó a respirar rápidamente.
—¿De quién?
Victoria miró a Dante.
Después a Marcos.
—De alguien que todavía sigue buscando lo que había dentro de aquella caja.
Dante preguntó:
—¿Qué había dentro?
Victoria negó.
—Nunca lo supe.
Elena la miró.
—Entonces ¿por qué todos me buscan a mí?
Victoria respondió:
—Porque tu madre dejó algo en tus manos.
Elena abrió los ojos.
—Yo no tengo nada.
Victoria negó lentamente.
—No sabes que lo tienes.
Dante se acercó.
—¿Qué dejó?
Victoria miró a Elena.
—Una llave.
Elena se quedó inmóvil.
—¿Dónde?
Victoria respondió:
—Eso es lo que tienes que recordar.
PARTE 4. LA LLAVE
Esa noche, Elena revisó todas sus pertenencias.
No encontró nada.
Dante permaneció a cierta distancia.
No la presionó.
Después de varias horas, Elena se sentó en el suelo.
—No hay ninguna llave.
Dante respondió:
—Quizá no está entre tus cosas.
—Entonces ¿dónde?
—En algún lugar que no recuerdas.
Elena cerró los ojos.
—No puedo.
—Sí puedes.
—No.
—Elena.
Ella lo miró.
Dante habló lentamente.
—No necesitas recordar todo.
—¿Entonces?
—Solo el primer detalle.
Elena permaneció en silencio.
—La primera cosa que recuerdes.
Ella respiró.
—Una ventana.
—Bien.
—Una cortina azul.
Dante esperó.
—Una mujer.
—¿Tu madre?
—No sé.
—Continúa.
Elena apretó los ojos.
—La mujer me dio algo.
—¿Qué?
—Una pequeña caja.
Dante preguntó:
—¿Qué hiciste con ella?
Elena negó.
—No recuerdo.
—¿Y después?
—Alguien entró.
—¿Quién?
Elena comenzó a llorar.
—No lo sé.
—¿Qué ocurrió?
—Me escondí.
—¿Dónde?
—Debajo de una mesa.
Dante permaneció completamente quieto.
—¿Qué viste?
Elena abrió los ojos.
—Unos zapatos.
—¿De quién?
—Un hombre.
—¿Qué hizo?
Elena respiró con dificultad.
—Tomó la caja.
Dante preguntó:
—¿Y luego?
—La mujer gritó.
—¿Qué dijo?
Elena cerró los ojos.
La voz regresó a su memoria.
—Dijo que nunca encontrarían la llave.
Dante se quedó inmóvil.
—¿La llave estaba en la caja?
Elena negó.
—No.
—Entonces ¿dónde?
Elena miró sus propias manos.
De repente abrió los ojos.
—En mi muñeca.
Dante bajó la mirada.
La marca roja.
La antigua marca de una pulsera.
—¿La llevabas puesta?
Elena asintió.
—Sí.
Dante preguntó:
—¿Qué pasó con ella?
Elena se llevó la mano al cuello.
—Mi madre…
Se detuvo.
—¿Qué?
—Me dijo que nunca me la quitara.
Dante se quedó pensativo.
—¿Y cuándo desapareció?
Elena comenzó a recordar.
—El día que me llevaron a otra casa.
—¿Quién te llevó?
Silencio.
—No lo sé.
Dante miró a Marcos.
—¿Tú sabes algo?
El anciano parecía derrotado.
—Solo una cosa.
—Habla.
—La pulsera no desapareció.
Elena se levantó.
—¿Qué?
Marcos señaló su muñeca.
—La llevas contigo desde entonces.
Elena miró su piel.
—No.
Marcos negó.
—Sí.
—Nunca he tenido una pulsera.
Victoria lloraba.
—La pulsera fue retirada cuando eras pequeña.
Elena miró a ambos.
—Entonces ¿dónde está?
Marcos respondió:
—Con la persona que organizó todo esto.
Dante preguntó:
—¿Quién?
Marcos negó.
—No lo sé.
Dante golpeó la mesa.
—¡Otra vez no!
Marcos lo miró.
—Te juro que no lo sé.
Entonces sonó un teléfono.
Todos se quedaron quietos.
Era el teléfono de Elena.
Un número desconocido.
Ella contestó.
—¿Sí?
Nadie habló durante unos segundos.
Después una voz masculina dijo:
—Deja de buscar la llave.
Elena palideció.
—¿Quién eres?
—Alguien que conoce la verdad.
—¿Qué verdad?
—La verdad sobre aquella noche.
Dante se acercó.
—Pon el teléfono en altavoz.
Elena obedeció.
La voz continuó:
—Dante no sabe quién eres realmente.
Dante frunció el ceño.
—¿Quién habla?
La voz se rió suavemente.
—Todavía no.
Y la llamada terminó.
Dante miró a Elena.
Ella estaba temblando.
—¿Qué quiso decir?
Dante no respondió.
Porque había escuchado algo detrás de aquella voz.
Una música.
Una melodía muy antigua.
Una melodía que él conocía.
PARTE 5. LA PERSONA DETRÁS DE TODO
Dante salió de la habitación.
Marcos lo siguió.
—¿La reconociste?
—Sí.
—¿De dónde?
—De aquella casa.
Marcos cerró los ojos.
—Entonces ha vuelto.
Dante se giró.
—¿Quién?
—La persona que creíamos que había desaparecido.
Dante permaneció en silencio.
—¿Estás seguro?
—Completamente.
Mientras tanto, Elena y Victoria permanecían solas.
Victoria se acercó.
—Tengo que contarte algo.
Elena la miró.
—¿Qué?
—Tu madre no quería que conocieras a Dante.
Elena sintió un escalofrío.
—¿Por qué?
—Porque sabía que él también estaba buscando la llave.
—Entonces ¿Dante me engañó?
Victoria negó.
—No.
—¿Cómo puedes estar segura?
—Porque Dante no sabía que tú eras la niña.
Elena se quedó inmóvil.
—¿Qué niña?
Victoria respiró profundamente.
—La niña de aquella casa.
Elena negó.
—No entiendo.
—Dante llevaba años buscando a una persona que desapareció aquella noche.
—¿A quién?
Victoria la miró.
—A ti.
Elena sintió que las piernas le fallaban.
—¿Qué?
—Pero él nunca supo tu nombre.
Elena recordó todas las veces que Dante había mirado sus ojos.
Todas las preguntas.
La insistencia.
La extraña sensación de que él buscaba algo más que una explicación.
—Entonces… ¿él me trajo aquí?
Victoria negó.
—No.
—¿Quién?
Victoria no respondió.
Un ruido llegó desde el pasillo.
Dante regresó.
Su expresión había cambiado.
—Tenemos que irnos.
Elena preguntó:
—¿Por qué?
—Porque alguien ha entrado en el edificio.
Marcos apareció detrás.
—¿Quién?
Dante miró hacia la puerta.
—La persona que llamó.
Victoria apretó los labios.
—¿Está aquí?
Dante asintió.
—Sí.
Elena se acercó.
—Quiero saber quién es.
Dante la miró.
—Quizá no quieras.
—Ya no quiero seguir viviendo sin respuestas.
Dante permaneció en silencio.
Entonces tomó algo de su bolsillo.
Una pequeña llave.
Elena la miró.
—¿Qué es eso?
—La encontré hace años.
—¿Dónde?
—Dentro de una caja.
Elena dio un paso hacia él.
—Esa es.
Dante la miró sorprendido.
—¿Estás segura?
Elena asintió.
—Sí.
—¿Cómo?
—Porque recuerdo haberla visto.
Dante abrió la mano.
La llave tenía una pequeña marca.
Una letra.
E.
Elena comenzó a llorar.
—Es mía.
Dante cerró los dedos alrededor de ella.
—Entonces alguien nos ha estado haciendo buscar algo que ya teníamos.
Marcos preguntó:
—¿Qué abre?
Dante respondió:
—No lo sé.
Elena observó la llave.
Entonces recordó la última imagen.
La mujer.
La ventana.
La caja.
Y una frase.
La voz de su madre.
«Cuando llegue el momento, busca la puerta que nunca quisieron que abrieras.»
Elena levantó lentamente la mirada.
—Sé dónde está.
Dante preguntó:
—¿Dónde?
Ella señaló el pasillo.
—Aquí.
Todos quedaron en silencio.
Dante siguió su mirada.
Al fondo había una puerta que nadie había utilizado durante años.
Una puerta completamente negra.
Elena caminó hacia ella.
Dante la siguió.
—Espera.
Ella negó.
—He estado esperando toda mi vida.
Introdujo la llave.
Giró.
Clic.
La puerta se abrió.
Dentro había una habitación completamente oscura.
Dante encendió la luz.
Y todos quedaron paralizados.
En las paredes había fotografías.
Decenas.
Cientos.
Fotografías de Elena.
De cuando era niña.
De cuando era adolescente.
De los últimos años.
Y en el centro de la habitación había una sola silla.
Sobre ella descansaba una pequeña pulsera.
La misma que Elena había llevado cuando era niña.
Pero junto a ella había una fotografía reciente.
Dante la tomó.
En ella aparecía Elena entrando en el penthouse aquella misma noche.
La fotografía había sido tomada minutos antes de que ella llegara.
En el reverso había una frase:
«Ahora que Elena recuerda la llave, ya no necesitamos esconderla.»
Dante levantó lentamente la mirada.
—No estamos solos.
Las luces se apagaron.
Y desde la oscuridad, una voz dijo:
—Nunca lo estuvieron.
Elena agarró el brazo de Dante.
La voz volvió a hablar:
—La pregunta no es quién tiene la llave.
Pausa.
—La pregunta es qué abre.
Un ruido metálico resonó al fondo.
Dante se giró.
Una segunda puerta comenzó a abrirse lentamente.
Y detrás de ella apareció una persona cuya identidad ninguno de los presentes esperaba volver a ver.
Elena dejó escapar un susurro:
—No puede ser…
La persona dio un paso hacia la luz.
Y sonrió.
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CONTINUARÁ…
GANCHO FINAL PARA FACEBOOK
Elena llegó al lujoso penthouse sin entender por qué estaba de rodillas frente a Dante ni por qué había un maletín lleno de dinero junto a ellos. Pero una fotografía de su infancia reveló que alguien llevaba años siguiendo sus pasos. Después descubrió que la llave que todos buscaban había estado relacionada con ella desde niña. Cuando finalmente abrió una puerta que nadie se atrevía a tocar, encontró cientos de fotografías de su propia vida… y una persona que todos creían desaparecida apareció entre las sombras. ¿Quién la estuvo observando durante tantos años y qué abre realmente aquella misteriosa llave?