Historia completa : EL HOMBRE SALVÓ A UNA LOBA DEL AGUA HELADA… PERO CUANDO TODA LA MANADA LO RODEÓ, DESCUBRIÓ POR QUÉ ELLA HABÍA CAÍDO AL LAGO

PARTE 1. EL CÍRCULO DE LOBOS
Erik apenas tuvo tiempo de recuperar el aliento.
La loba yacía sobre el hielo, empapada, temblando y respirando con dificultad. El agua negra goteaba de su pelaje gris mientras él permanecía de rodillas junto al agujero por el que acababa de sacarla.
Entonces levantó la cabeza.
Había lobos por todas partes.
Primero contó cinco. Después ocho. Luego dejó de contar.
Avanzaban lentamente por el lago congelado, separados unos de otros, sin correr ni enseñar los dientes. Aquello era casi peor. El silencio de la manada resultaba más inquietante que cualquier gruñido.
Erik tragó saliva.
—¿Qué…?
La loba rescatada intentó incorporarse, pero las patas le fallaron. Volvió a caer sobre el hielo.
El lobo que iba delante se detuvo a unos veinte metros. Era grande, de frente oscura y ojos color ámbar. Observó a Erik durante varios segundos.
Erik no tenía arma. Su mochila estaba a unos metros, junto a la nieve. Aunque hubiera querido huir, sabía que no llegaría lejos sobre aquella superficie resbaladiza.
Retrocedió despacio.
La manada volvió a avanzar.
Uno.
Dos pasos.
El corazón le golpeaba las costillas.
Pero entonces ocurrió algo extraño.
Ningún lobo miraba realmente a Erik.
Todos miraban a la loba mojada.
El animal rescatado levantó la cabeza y emitió un sonido bajo, corto, casi un gemido.
El líder respondió con otro sonido.
Después giró el cuerpo hacia las montañas.
La manada se abrió formando un corredor.
Erik frunció el ceño.
No parecía un ataque.
Parecía una invitación.
La loba intentó levantarse de nuevo. Esta vez consiguió sostenerse unos segundos y dio un paso hacia el corredor.
Después volvió la cabeza hacia Erik.
Él sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío.
—¿Quieres que vaya contigo?
La loba avanzó dos pasos.
Se detuvo.
Volvió a mirarlo.
Erik debería haber regresado al sendero.
En lugar de eso, recogió su mochila y siguió a la manada.
PARTE 2. LAS HUELLAS QUE NO DEBERÍAN ESTAR ALLÍ
Caminaron durante casi una hora.
Los lobos mantenían distancia. Algunos iban delante. Otros caminaban detrás de Erik, lo suficiente para impedir que olvidara que estaba dentro de una manada salvaje.
La loba rescatada avanzaba con dificultad.
Su pelaje seguía mojado y, poco a poco, empezaba a endurecerse por el frío.
Erik quería detenerse, pero cada vez que lo hacía, el gran lobo gris del frente también se detenía y esperaba.
Finalmente abandonaron el lago y entraron en un estrecho valle cubierto de pinos.
Fue entonces cuando Erik vio las primeras huellas humanas.
Se agachó.
Botas.
No eran antiguas.
La nieve aún no había llenado los bordes.
Alguien había pasado por allí esa misma mañana.
Unos metros más adelante encontró una cuerda rota.
Después una caja de plástico negro medio enterrada.
Y finalmente, una mancha de combustible sobre la nieve.
Erik dejó de caminar.
Aquello no era territorio completamente virgen.
Alguien estaba operando allí.
La loba rescatada olfateó el suelo y empezó a ponerse nerviosa.
El líder de la manada emitió un gruñido corto.
Todos los lobos se detuvieron.
Erik escuchó.
Al principio solo oyó viento.
Después, muy lejos, llegó un ruido metálico.
Clanc.
Clanc.
Como una cadena golpeando una superficie dura.
Los lobos se movieron entre los árboles.
Erik siguió agachado hasta llegar a una ladera.
Desde allí vio algo imposible.
En el fondo del pequeño barranco había una estructura camuflada con lonas blancas.
Una jaula.
Dentro se movían dos lobos.
Más allá había otra.
Y otra.
Erik sintió que el estómago se le encogía.
No eran cazadores normales.
Alguien estaba capturando animales vivos.
La loba mojada se acercó a una de las jaulas y comenzó a caminar de un lado a otro.
Dentro, un lobo joven golpeó las barras con el hocico.
Entonces Erik lo entendió.
La loba no había caído al agua por accidente.
Había huido.
Y había regresado con él.
PARTE 3. LA RADIO ENCENDIDA
Erik descendió al barranco mientras la manada permanecía oculta entre los árboles.
No entendía por qué los lobos no atacaban la instalación, pero pronto vio la razón.
Había cables conectados a las jaulas.
En el suelo, pequeñas luces rojas parpadeaban junto a dispositivos eléctricos.
Trampas.
Erik avanzó con cuidado.
En una mesa improvisada encontró sedantes veterinarios, etiquetas numeradas y varias fotografías de lobos.
No había nombres.
Solo códigos.
W-14.
W-22.
W-31.
Una fotografía mostraba a la loba que acababa de rescatar.
Código W-07.
Debajo alguien había escrito a mano:
“HEMBRA. POSIBLE GESTACIÓN. PRIORIDAD ALTA.”
Erik sintió rabia.
Aquella era la explicación del título que había imaginado imposible minutos antes. La loba quizá estaba preñada, pero el peligro no era la manada.
Eran los humanos.
Entonces una radio crepitó.
—Base dos, respondan.
Erik se quedó inmóvil.
—Base dos, hemos encontrado huellas cerca del lago. El ejemplar siete puede haber escapado.
Una segunda voz respondió:
—Recibido. Volvemos en diez minutos.
Erik miró las jaulas.
Diez minutos.
Se acercó a la primera cerradura.
Candado.
Sacó una multiherramienta de la mochila y comenzó a trabajar.
No avanzaba.
La loba rescatada apareció detrás de él.
—No deberías estar aquí —susurró.
Ella olfateó una caja metálica y arañó el suelo.
Erik apartó nieve.
Debajo había un manojo de llaves.
La miró sorprendido.
—Eso sí que no me lo esperaba.
Probó tres llaves.
La cuarta abrió el primer candado.
El lobo dentro de la jaula no salió inmediatamente. Permaneció mirando a Erik, desconfiado.
La loba W-07 se acercó.
El cautivo salió.
Después Erik abrió la segunda jaula.
Luego la tercera.
Cuando llegó a la última, oyó un motor.
Los hombres estaban regresando.
PARTE 4. LOS HOMBRES DEL LAGO
Un vehículo apareció entre los árboles.
Erik soltó el candado y corrió detrás de unas rocas.
Tres hombres bajaron.
Llevaban ropa de invierno oscura.
Uno miró las jaulas abiertas.
—¡Se han escapado!
Otro vio las huellas.
—No se han escapado solas.
Erik contuvo la respiración.
Los lobos liberados ya habían desaparecido entre los árboles. W-07 también.
Por primera vez desde que salió del lago, Erik estaba solo.
Uno de los hombres encontró la mochila que Erik había dejado junto a una jaula.
—Hay alguien aquí.
Los tres se separaron.
Erik retrocedió lentamente.
Su bota pisó una rama.
Crac.
Los hombres se giraron.
—¡Ahí!
Erik corrió.
La nieve profunda le llegaba casi hasta las rodillas. Escuchó pasos detrás.
Bajó por una pendiente, resbaló y cayó.
Cuando intentó levantarse, vio al primer hombre aparecer arriba.
—¡No te muevas!
Erik miró hacia el bosque.
Nada.
Ni un solo lobo.
El hombre descendió.
—Has cometido un error.
Erik respiraba con dificultad.
—¿Capturando animales protegidos? Creo que el error es vuestro.
El hombre sonrió.
—No sabes para quién trabajamos.
Entonces el bosque cambió.
No hubo un rugido espectacular.
Solo movimiento.
Sombras grises aparecieron entre los pinos.
Una.
Tres.
Diez.
La manada había regresado.
Los hombres se quedaron inmóviles.
El líder gris apareció sobre una roca.
W-07 estaba detrás de él.
Erik no sabía qué iban a hacer.
Tampoco los hombres.
El silencio duró varios segundos.
Después los lobos comenzaron a avanzar.
Los tres hombres retrocedieron.
Uno perdió el equilibrio.
Otro levantó las manos.
Ningún lobo atacó.
Simplemente siguieron acercándose hasta obligarlos a retroceder hacia las jaulas.
Erik aprovechó el momento.
Corrió hacia la radio de la instalación, buscó una frecuencia de emergencia y transmitió su posición.
—Necesito ayuda. Hay una operación ilegal de captura. Tres hombres. Varias jaulas. Coordenadas…
Una voz respondió.
—Señor, permanezca a cubierto. Una patrulla forestal está en camino.
Erik miró alrededor.
A cubierto.
Rodeado de lobos.
Casi se rio.
Pero entonces W-07 comenzó a gemir.
Y cayó sobre la nieve.
PARTE 5. LO QUE ESCONDÍA LA LOBA
Erik corrió hacia ella.
La loba respiraba demasiado rápido.
Su abdomen se tensaba.
Recordó la nota:
“POSIBLE GESTACIÓN.”
—No, no ahora…
El líder se acercó, pero se detuvo a varios metros.
Erik no tocó a la loba.
Solo se quedó cerca, intentando comprender.
W-07 volvió a levantarse.
No estaba pariendo.
Intentaba caminar.
Dio varios pasos hacia una pequeña abertura entre las rocas.
Erik la siguió.
Dentro había una cavidad protegida del viento.
Y entonces vio algo que le heló la sangre.
No había cachorros.
Había un collar.
Un collar humano.
De cuero rojo.
Junto a él, una cámara pequeña, rota y cubierta de nieve.
Erik la recogió.
La pantalla todavía funcionaba.
Había un archivo de vídeo.
Lo reprodujo.
La grabación mostraba el mismo valle tres semanas antes.
Un hombre aparecía colocando trampas cerca del lago.
Después llegaba una mujer con uniforme de guardabosques.
Discutían.
No había audio claro.
La mujer intentaba quitar las trampas.
El hombre la empujaba.
La imagen se sacudía.
Después se cortaba.
Erik miró el collar rojo.
No era un collar de lobo.
Era la correa de la cámara que la mujer llevaba al cuello.
Escuchó sirenas lejanas.
La patrulla estaba llegando.
Los tres hombres intentaron huir, pero varios agentes aparecieron entre los árboles y los detuvieron.
Erik entregó la cámara.
Horas después, cuando todo parecía haber terminado, una agente regresó con el rostro completamente pálido.
—¿Dónde encontró esto?
Erik señaló la cavidad.
La mujer respiró hondo.
—La guardabosques del vídeo desapareció hace tres semanas.
Erik miró hacia W-07.
La loba estaba de pie en la entrada del bosque.
—¿Creen que los lobos encontraron la cámara?
—No lo sabemos.
Erik negó lentamente.
Había empezado aquel día creyendo que estaba salvando a un animal.
Pero quizá la loba lo había llevado hasta allí deliberadamente.
La agente le devolvió el dispositivo dentro de una bolsa transparente.
—Hay algo más.
—¿Qué?
—El vídeo tiene otro archivo.
Erik frunció el ceño.
La agente reprodujo los últimos siete segundos.
La guardabosques aparecía mirando directamente a la cámara.
Detrás de ella estaba el lago congelado.
Y junto al agujero del hielo, antes de que la loba cayera allí, había otra persona.
Erik acercó el rostro a la pantalla.
Reconoció la chaqueta.
Reconoció la mochila.
Reconoció el gorro burdeos.
Era él.
La fecha del vídeo era de tres semanas antes.
Pero Erik jamás había estado en aquel valle antes de ese día.
Durante unos segundos, nadie se movió. Erik volvió a mirar la grabación, buscando una diferencia que demostrara que aquel hombre era simplemente alguien parecido. Pero la cicatriz sobre la muñeca izquierda también estaba allí. Incluso el pequeño parche cosido en el hombro de la mochila coincidía. Ya no podía convencerse de que fuese una casualidad absurda.
La agente lo miró.
—Señor… ¿quiere explicarme esto?
Erik no respondió.
Levantó la vista hacia el bosque.
W-07 ya no estaba.
Solo quedaban sus huellas alejándose entre los pinos.
Y, junto a ellas, había un segundo rastro.
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Huellas humanas.
Exactamente de la misma talla que las botas de Erik.